Telefónica es el mayor cementerio de ahorros de la historia de este país y en pleno marzo de 2026 seguimos con la misma cantinela de siempre. Que si la transformación en TechCo, que si el Open Gateway, que si la digitalización total... pero la realidad es que la acción está más tiesa que la mojama y solo se mueve cuando a los saudíes de STC o a los de la SEPI les da por jugar al Risk con el capital estratégico. Es patético ver cómo una empresa que debería estar liderando Europa se ha convertido en un protectorado político donde mandan más en la Moncloa o en Riad que en el propio consejo de administración de la compañía.
El cuento del dividendo es para mear y no echar gota porque siguen soltando esa calderilla para que los accionistas históricos no quemen las sedes mientras la deuda sigue ahí como una losa que no se quitan ni vendiendo media empresa por piezas. Han pasado años vendiendo torres, vendiendo filiales en Latinoamérica y troceando el negocio por todo el mundo y la pregunta es para qué ha servido todo eso. Solo ha servido para que la cotización siga arrastrándose por los suelos y para que cualquier amago de subida sea una trampa mortal para pillar a cuatro incautos que todavía creen en los milagros de la directiva actual. Es una teleco vieja y lenta que no puede competir con los operadores de bajo coste que le están robando la merienda en su propia casa mientras ellos se gastan millones en publicidad institucional para convencernos de lo modernos que son sus algoritmos.
Si crees que porque el Estado haya entrado a saco en el capital esto es una inversión segura es que no has aprendido absolutamente nada en estas últimas décadas de bolsa española. Lo único que garantiza la presencia del Gobierno es que la empresa nunca va a quebrar del todo pero también te asegura que nunca va a volar en bolsa porque la prioridad no es el beneficio del accionista minoritario sino el control estratégico y colocar a los amigos de turno en los sillones. Telefónica es hoy un ministerio encubierto con antenas de 5G que solo sirve para que los grandes fondos jueguen al arbitraje mientras el inversor de a pie ve cómo su patrimonio se evapora por la inflación y por una absoluta falta de crecimiento orgánico real. Deja de mirar el gráfico buscando una remontada épica porque lo único que vas a encontrar es más de lo mismo: estancamiento, burocracia y una soberbia corporativa que no tiene ningún sentido viendo los resultados de su cuenta de explotación.