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Entrevista a Marcos Pérez @inversobrio

En esta ocasión tenemos la suerte de aprender de inversión con Marcos Pérez, más conocido en la comunidad tuitera como @inversobrio. Marcos es un experto inversor  comprometido con la divulgación de la educación financiera. Recomiendo visitar su blog inversobrio y seguir su cuenta de twitter.  

Marcos, en esta charla, nos hablará de su trayectoria profesional, del origen de su nick @inversobrio, de los errores típicos a la hora de invertir, su opinión sobre la predicción o no de una crisis o recesión económica…

Muchas gracias Marcos por tu tiempo, por tu enorme labor divulgativa y por esta charla que es ORO PURO.

Estudiaste física, ¿qué te hizo orientar tu profesión a las inversiones?

Casi nunca suele haber una única razón para que las cosas sucedan, ni en los acontecimientos  Históricos, ni en la biografía de las personas. En mi caso me di cuenta de que la dinámica de incentivos de la investigación académica no era ni lo que había imaginado ni lo que esperaba de una vida dedicada a la actividad intelectual. Al mismo tiempo —hablo de finales de los años ‘90—, la industria de la inversión buscaba cada vez más perfiles cuantitativos —físicos, matemáticos e ingenieros— para satisfacer la sed creciente por modelar mercados y productos financieros.

Pensé que podría ser más útil y sentirme más realizado si enfocaba mis habilidades hacia la inversión. Además sentía mucha curiosidad por ese —por aquel entonces— extraño mundo, tan diferente y a la vez tan similar en algunos aspectos a otros dominios de la Física.

¿De dónde procede el nick “inversobrio” que usas en Twitter y tu blog?

Una de las cosas que más me sorprendieron al aterrizar en el mundo de la inversión fue, por un lado, la abundancia de promesas de riqueza fácil y rápida, y por otro, la cantidad de gente que era seducida por esos cantos de sirena imposibles.

Estas promesas pueden venir en formas muy diferentes. Desde apostar en futuros o CFDs (“trading intraday”), pasando por intentar cazar micro-caps con la esperanza de que multipliquen su precio varias veces, hasta complejas estructuras con derivados basadas en sofisticados modelos econométricos que algunos hedge funds y bancos venden.

Todas tienen en común el mismo efecto embriagante que producen el alcohol y las drogas, haciéndonos creer que existen atajos a las vías y ritmos naturales de creación de riqueza. Lo curioso es que esta "embriaguez" es ubicua y transversal, pues ataca por igual tanto al novato que deja su trabajo porque cree que va a conseguir un 1% al día haciendo trading en CFDs, como a reputados gestores y grandes bancos. Los primeros se emborrachan quizá de supersticiones más simplonas, y los segundos justifican frente al consejo de dirección sus apuestas con sofisticadas construcciones matemáticas elaboradas con ejércitos de PhDs. Pero en todos los casos da igual el color y sabor de la droga que uno elija tomar, los resultados que se buscan y que al final se obtienen son muy similares. Buscando esa riqueza rápida o por encima de la rentabilidad natural de los activos, se asumen riesgos temerarios —muchas veces ocultos— que acaban siendo catastróficos para entidades, productos y en última instancia, para las personas.

Mi esfuerzo divulgativo en ese sentido va en dos direcciones. Por un lado intentar prevenir a los recién llegados de que los milagros no existen. Algo muy difícil porque van a ser bombardeados constantemente con mensajes del tipo “con 50.000€ se puede vivir haciendo trading desde la playa”. Y por otro, denunciar los abusos de los bancos que, dirigidos por ejecutivos sin “skin in the game” (es decir, ejecutivos que cuando producen un daño a la sociedad, no sufren las consecuencias y se van de rositas), proveen de productos que parecen nuevos, atractivos y respetables; pero que en su gran mayoría son el mismo helado de vainilla de toda la vida con diferente topping.

Así, intento que quien me siga en Twitter, se pasa por mi blog o ve alguna de mis charlas, consiga evitar la “fiesta loca” que le prometen y se mantenga sobrio. Inversobrio proviene pues de la unión de inversor y sobrio, como opuesto a la ebriedad de las promesas imposibles.

Mantenerse ebrio en la inversión es pues no dejarse llevar por las emociones del pánico o la avaricia. Ignorar el ruido diario, alejándose de la avalancha de noticias intrascendentes que escupen sin cesar medios y redes sociales. En otras palabras, ser consciente de que el curso de la Historia —y sobre todo, la estrategia de inversión a largo plazo que uno elija— no es algo que haya que cambiar por “el dato macro” de esta tarde o la declaración de tal banquero central o político mañana.

En definitiva, intentar ser ecuánimes, en el sentido de buscar un estado de ánimo constante y no dejar que sean las emociones las que juzguen. Además, ser consciente de que la disciplina y la paciencia son las únicas armas de que disponemos para poner el inevitable paso del tiempo y la incertidumbre del mundo a trabajar en favor nuestro, y no en nuestra contra.

Es más fácil de decir que de hacer, sí. Pero es hacia ese inversor sobrio hacia donde trato de dirigir a mis lectores.

¿Cuál son los errores más típicos que ves en muchos inversores?

Dejando aparte aquellos que persiguen algún tipo de Santo Grial rápido como los comentados antes, veo con frecuencia a muchos persiguiendo constantemente al “ganador del año”. Es decir, se fijan en las rentabilidades recientes de los fondos y tienden a saltar encima del caballo ganador del momento. Está comprobado que esta estrategia es empíricamente perdedora, pero aun así, es difícil para muchos inversores resistirse al encanto de la estrella del año. 

¿Por qué este comportamiento? En primer lugar, el “inversor saltamontes” tiene miedo de estar perdiéndose la inversión del año, y le duele la rentabilidad que ha dejado de ganar por no estar invertido desde hace tiempo. En segundo lugar, piensa que si el gestor del fondo ganador lo ha hecho tan bien, es porque “ve o sabe más” que los demás; como si de un buen dentista se tratara. En tercer lugar, cuando atiende a las razones o tesis de inversión de dicho gestor, comprueba que su narrativa encaja como un guante con los acontecimientos ocurridos (algo necesario, pues si no hubieran encajado, no habría conseguido dicha rentabilidad). 

Es muy difícil romper esta falacia narrativa y cadena de pensamientos aparentemente tan sólida, porque funciona muy bien en campos deterministas como el dentista, la ingeniería o la fontanería. Efectivamente, cuando se trabaja en esos y otros entornos deterministas, a mayor conocimiento y experiencia, mejores resultados. Pero cuando el entorno no es determinista —como los mercados financieros—, la ilusión de conocimiento y el éxito reciente no son indicadores fiables de futuras rentabilidades, como demuestra la evidencia empírica. El resultado es que muchos inversores, incluso invirtiendo en productos o estrategias ganadoras, acaban perdiendo dinero por estar constantemente saltando de un fondo a otro. 

Otro comportamiento repetido que observo es la tendencia a mantener indefinidamente las inversiones perdedoras en cartera y a liquidar las posiciones en estrategias ganadoras. Por ejemplo, un inversor típico realiza una inversión en una acción, fondo, bono o producto determinado. La inversión empieza a perder más de lo previsto y lo que hace el inversor —en lugar de liquidar la posición— es una reestructuración cognitiva. Es decir, empieza a buscar y construir razones por las que se justifica a sí mismo mantener esas inversiones perdedoras. Y si uno se esfuerza lo suficiente, siempre las encuentra y se las cree.

Simultáneamente, aquellas inversiones que “van bien”, tienden a liquidarse anticipadamente para poder sentir “el subidón de haber ganado dinero”; por lo que no se deja a la estrategia alcanzar su potencial. 

Cuando sumas a lo largo del tiempo una sucesión de posiciones cada vez más perdedoras a una sucesión de pequeños beneficios, el resultado total a largo plazo es que se pierde dinero.

Estos son dos ejemplos típicos, pero hay muchos más y esto se alargaría demasiado si seguimos enumerándolos aquí. Lo que el inversor tiene que darse cuenta y recordar es que estamos construidos y programados —no podemos evitarlo, pero sí controlarlo— para que nuestras emociones y pensamientos nos arrastren a hacer justamente lo contrario de lo que conviene a nuestras inversiones.

¿Si tuvieras que dar un solo consejo a alguien que comienza a invertir cuál sería?

Tengo que hacer trampas al contestar tu pregunta porque el mundo de la inversión no es el dominio de un solo factor de éxito. Son varias las condiciones que hay que cumplir para permitir que la inversión pueda ser rentable. Dejando aparte las siempre necesarias condiciones operativas (solidez y seriedad de las entidades y productos con los que trabajamos, seguridad jurídica, etc.), son fundamentalmente tres las batallas que todo inversor debe vencer para darse una oportunidad factible:

  1. Los costes pueden hacer que a 10-20 años dejes de ganar la mitad del capital que podrías haber acumulado. Esto es una barbaridad (sobre todo si pensamos en horizontes como la jubilación y expectativas de rentabilidad razonables), y sin embargo la inmensa mayoría de los inversores sigue sin darle la importancia que merece. En parte debido a la promesa de rentabilidades extraordinarias (que le venden a uno o que se monta uno en su cabeza), que hacen que p.e. un 3% al año de costes totales parezcan a la mayoría de inversores como algo intrascendente.
  2. Nuestro comportamiento, como he comentado arriba con dos ejemplos típicos, es el causante directo de que las rentabilidades de los inversores particulares estén en promedio alrededor de un 5% por debajo de la rentabilidad que de manera natural dan los activos en el largo plazo “sin hacer nada”. Si el inversor se estuviera quietecito y no metiera tanto la cuchara en la olla, podría doblar o triplicar su rentabilidad a largo plazo. Todo inversor debe ser consciente de que nuestro cerebro, debido a nuestra herencia psico-biológica, es el peor instrumento creado para sobrevivir en los mercados financieros, pues salimos de fábrica llenos de sesgos cognitivos adaptados para sobrevivir en un entorno natural que ya no existe, pero que va a hacer que nos pongamos un montón de piedras en el camino. Ser consciente de ello es el primer paso, pero llegar a comportarse con racionalidad y sobriedad es algo que, por experiencia, he visto que muy pocos inversores consiguen realmente.
  3. La estrategia de inversión debe ser coherente con la naturaleza de los mercados. Esto parece de perogrullo, pero es en realidad una afirmación y condición muy profunda y que condiciona en gran medida la manera de invertir. Por eso me gusta decir que, en última instancia, la inversión es una actividad filosófica. Porque antes incluso de empezar a pensar en qué o cómo invertir, hay que pensar en cuál es la naturaleza de los mercados. Por ejemplo, aceptar su impredictibilidad fundamental (es decir, que da igual lo listos que seamos o los medios de que dispongamos, la evolución futura de los mercados será siempre impredecible). Esto es algo que la mayoría de la industria e inversores no aceptan de partida, pues implica que si aceptamos que los mercados son inherentemente impredecibles, eso nos limita mucho el tipo de estrategias apropiadas a utilizar. Esta impredictibilidad inherente tiene para mí como consecuencias la necesidad de diversificar siempre (pues no se puede saber qué va a funcionar mejor en el futuro), y preferir las estrategias convexas a las cóncavas, como por ejemplo el momentum y sobre todo utilizar la indexación.

Estás a favor de la gestión pasiva y dices que no te gusta llamarla así, porque realmente detrás hay mucha actividad. ¿Puedes explicarnos por qué?

Los índices, en el fondo, no son más que una muy buena implementación del momentum como estrategia convexa de inversión. Efectivamente, los índices tienen una serie de condiciones claras por las que admiten, mantienen y expulsan a las acciones que lo componen. Siempre que una acción cumpla con esas condiciones, entrará y permanecerá en el índice (virtualmente de manera indefinida), siendo expulsada en cuanto no las cumpla.

Esto provoca que con el tiempo se acumule la rentabilidad extraordinaria que algunas pocas empresas ganadoras producen, al tiempo que se limita el impacto negativo de las numerosas perdedoras. De hecho, solo entre el 4% y el 20% de las acciones ganadoras (según el periodo de observación) contribuyen en el largo plazo a la ganancia neta total del índice, mientras que el 80%-96% restante produce de manera agregada —incluyendo las empresas que quiebran o son expulsadas del índice— una rentabilidad neta nula. Aquí aparece de nuevo lo esencial de invertir utilizando estrategias que no necesiten predecir el futuro, pues este “mecanismo de reciclado y sustitución automático” que implementan gratuitamente los índices permite acumular rentabilidad sin necesidad de saber cuáles serán esas empresas ganadoras.

Como resulta obvio por su propia definición, toda esta actividad que realizan en el backstage los índices es cualquier cosa menos “pasiva”. Si se utiliza dicha palabra en la industria es simplemente para diferenciarla del resto de estrategias y fondos (también) activos que utilizan los gestores. El inversor debe ser pues consciente de que al indexarse está eligiendo un tipo de estrategia activa. Eso sí, una estrategia adaptada a la naturaleza de los mercados —de ahí su éxito—  y con costes extremadamente bajos si elige el vehículo adecuado. Así, si no mete demasiado la cuchara en su paella de inversión mientras ésta “se cocina” (controla su comportamiento) en el largo plazo se está dando muchas oportunidades de invertir con éxito.

En nuestro país, la mayor parte del ahorro está invertido en ladrillo o en depósitos bancarios de escasa o nula rentabilidad, ¿Qué crees que necesita el ahorrador medio español para “despertar” y buscar otra alternativa?

Podríamos caricaturizar al inversor español como un inversor con sólo tres categorías mentales o cajones: ladrillo, depósitos y Bolsa. En “Bolsa” mete todo lo que no pertenece al ladrillo o depósitos, y ese cajón lleva incorporada una alarma que le grita a todo volumen ”¡Peligro, no tocar!” cada vez que se le considera como inversión.

En España, tanto depósitos como la inversión inmobiliaria es percibida sin riesgo por muchos motivos. Uno de ellos es su aparente ausencia de volatilidad. El inversor medio español está expuesto a lo que sucede en los mercados financieros vía los medios tradicionales, que sólo sacan en portada y telediarios a la Bolsa cuando ésta cae más de un 3% en un día. Esto hace que su percepción de los mercados se asocie a inevitables pérdidas y sustos. Inmediatamente lo que piensa el inversor cuando ve ese tipo de titulares es: “¡uf, de buena me he librado no invirtiendo en Bolsa! En cambio, mi inversión en ladrillo sí que es segura y creciente”. 

La inversión en ladrillo no es siempre segura o creciente, depende de los periodos de inversión que estudiemos y de otros muchos factores. Pero una percepción muy diferente de su inversión en ladrillo resultaría de tener un letrero electrónico colgado en el portal de su propiedad, que mostrase su precio de mercado en tiempo real. Si así fuera, vería que el precio de su propiedad fluctúa de la mañana a la tarde tal como lo hace cualquier empresa cotizada, y dejaría de percibir su inversión como un activo sin riesgo.

Sin embargo, en general soy optimista. Creo que el actual entorno con tipos de interés negativo hará que tarde o temprano muchos ahorradores despierten y se den cuenta de que hay mucho que rascar dentro del cajón de “Bolsa”. Cuando se den cuenta de que con algo de esfuerzo, constancia y cuidado por su parte, pueden fácilmente capitalizar el crecimiento mundial de los activos clásicos —sin por ello asumir el riesgo suicida que ahora mismo perciben por acercarse a otros activos que no sean el ladrillo o los depósitos—, creo que habrá una gran rotación hacia carteras indexadas bien diversificadas.

Todo el mundo nos bombardea con una posible crisis o recesión económica. En tu opinión, ¿crees que se puede predecir el comportamiento de los mercados?

Los mercados y la economía son inherentemente impredecibles. La razón es que son el producto de un orden emergente, de la interacción de millones de personas. Cada una con su proyecto de vida, sus acciones y preferencias, y sobre todo su libertad y capacidad de cambiar de opinión en función de factores a su vez impredecibles. 

En otras palabras, la economía y los mercados son sistemas hiper-complejos. Como tales, son impredecibles no porque nos falte talento o medios (ordenadores más potentes y/o mejores algoritmos), sino por su propia naturaleza. 

Para ilustrar cómo la industria y una mayoría de inversores desperdician tiempo, energía y dinero en un objetivo imposible, me gusta poner como ejemplo “el problema de los tres cuerpos”. En dicho problema (imaginemos tres planetas aislados en medio del espacio intergaláctico) las posiciones, velocidades y masas de los tres planetas son suficientes para describir totalmente el problema de su evolución futura (no hace falta saber más, ni su tamaño o estructura, ni si albergan o no vida, etc.). Nótese que esta completitud es algo que no ocurre en el mundo de la acción humana, pues las personas no somos partículas con un número de propiedades observables bien definidas y limitadas que sean suficientes para describirnos en nuestra totalidad.

El sistema de ecuaciones diferenciales que describen la dinámica de ese sistema de tres cuerpos es completo, en el sentido de que no se necesita más información para describirlo totalmente. Sin embargo, ¡no es posible resolver matemáticamente dicho sistema! Es decir, por muchos genios de las matemáticas o ingenieros informáticos que asignemos a predecir dónde estarán los tres planetas en el futuro, nunca lo podremos saber.

Entonces, si esto es así para tres simples partículas, ¿podría haber mayor soberbia intelectual que intentar predecir la futura evolución de los mercados —un producto de la acción humana— como son su dirección, sus rentabilidades, volatilidades o correlaciones futuras? 

No; el futuro de los mercados es necesariamente impredecible porque es un subproducto de la acción humana, no un engranaje determinista que alguien “muy inteligente” (como en la película “Pi” de Aronofsky) o una gestora con suficientes medios pueda desentrañar y resolver (como los Premios Nobel gestionando el fondo LTCM). Por eso siempre hay que desconfiar tanto de los que venden sofisticación y complejidad como argumento de ventas o presunto valor añadido; como de quienes atribuyen su éxito al invertir a cierta capacidad predictiva exclusiva de su gurú, equipo de “super-analistas” o modelos matemáticos “superavanzados de Inteligencia Artificial”.

¿Qué le dirías a alguien que te dice que invertir es complicado y muy arriesgado?

Entiendo que en una primera aproximación invertir pueda parecer complicado. Todo nuevo campo al que nos acerquemos así lo parece a primera vista. Además, así prefiere que sea percibido por la mayor parte de la industria. Este desconocimiento lleva a que la inmensa mayoría caiga en el sesgo de autoridad (piensa: “Esto es muy complicado, así que me voy a fiar del señor con corbata de mi banco, que seguro sabe lo que más me conviene”) que beneficia en última instancia a los grandes bancos que monopolizan a través de sus oficinas la distribución de productos de inversión y ahorro en España.

La multiplicidad creciente de instrumentos financieros y su complejidad operacional, empañan la simplicidad de lo que en última instancia es invertir. Es natural que la gente se sienta abrumada por la avalancha de instrumentos y productos nuevos, y le cueste ver qué hay realmente al otro lado. De nuevo, esto a quien acaba beneficiando es al actual oligopolio bancario, pues saben que el ciudadano promedio prefiere dedicar meses a investigar cuáles serán las especificaciones de su próximo móvil, antes que dedicarle tiempo a educarse sobre las decisiones de inversión que van a determinar su futuro económico y el de su familia.

Antes de juzgar precipitadamente y dejar en manos del oligopolio bancario su futuro económico, le diría que se informe un poco más, que no se precipite, que asista a conferencias donde se encontrará con otras personas curiosas en su misma situación. Y que también lea libros, blogs como los nuestros y foros como +Dividendos, Finect o Rankia.

Al empezar a aprender sobre inversiones, todo le parecerá un caos inconexo. Pero poco a poco —no hay prisa, estamos hablando de tomar decisiones que afectarán al resto de nuestra vida— empezará a vislumbrar un orden subyacente más allá de los miles de instrumentos y fondos disponibles. Y cuando perciba ese orden, podrá empezar a tomar decisiones sobrias de inversión.

¿Qué libro o libros recomendarías para iniciarse en la inversión?

Empezaría, si uno no tiene mucho tiempo, con “El pequeño libro para invertir con sentido común“, del recientemente fallecido Jack Bogle (si puede ser, su 2ª edición actualizada que por ahora está solo en inglés). Aunque recomiendo su hermano mayor, “Cómo invertir en fondos de inversión con sentido común”. (En mi blog, en la sección de “Biblioteca”, recopilo una amplia lista con los autores que más me han influenciado o más importantes me parecen a la hora de invertir).

Si tuvieras que definirte con una palabra, ¿cuál sería?

Me gusta pensar que, más que físico o inversor, en el fondo soy un filósofo flâneur con mucha curiosidad por comprender el mundo y cómo funcionan las cosas.

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  1. en respuesta a Javi01
    -
    #4
    13/10/19 21:44

    Gracias!!

    Totalmente de acuerdo, Marcos hace una gran labor divulgativa.

  2. Top 100
    #3
    13/10/19 20:44

    Sin duda un excelente INVERSOR, con el que me siento personalmente muy identificado.- Magnífico artículo.

  3. en respuesta a Josean79
    -
    #2
    13/10/19 11:28

    Gracias a ti por pasarte y comentar. Importante aprender de gente como Marcos, experto en inversion que sabe acercar al común de los mortales, conceptos complicados. Por cierto, muy recomendables sus charlas que podrás encontrar en YouTube.

    Amalia Guerrero

  4. #1
    13/10/19 11:03

    Un artículo lleno de coherencia y sentido común.
    Muchas gracias por ello de un suscriptor.


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